domingo, 28 de agosto de 2011

LECTURA: Los excrementos de perros invaden las ciudades


Aunque no hay un censo oficial se calcula que en España hay cerca de 4,5 millones de mascotas entre perros y gatos. De todos ellos, alrededor de unos 750 mil llevan el microchip identificador. Para que todo sea más fácil hay varios tipos de microchips que requieren su particular lector. De esta importante población animal alrededor de un 10 % son abandonados a su suerte y vagan por calles y montes. Tan sólo unos 125.000 animales son sacrificados legalmente en perreras y otro tanto parecido mueren atropellados, enfermos o por inanición. Todo ello sin olvidar las prácticas sádicas que padecen numerosos animales.

Esta población de animales caseros produce diariamente unos 360.000 kg de excrementos. De ellos, aproximadamente un 70 % son depositados en las calles y de estos tan sólo un 40 % son recogidos por sus dueños. Sin ir más lejos, las deposiciones caninas de los 200.000 perros y animales de compañía de París depositan en las calles alrededor de unos 16.000 kg de excrementos. La limpieza callejera de este malhábito cuesta a la ciudadanía parisina unos 11 millones de euros al año.

Las quejas ciudadanas en España se ceban por todo el territorio. En la playa, en ciudades medianas, en las grandes capitales. Los perros son paseados en nuestro país por una mayoría de ciudadanos incívicos que dejan que los excrementos de los perros se queden en las aceras de las calles y parques públicos. Los más educados, incitan al can a defecar en parterres y en los troncos de los árboles. En Barcelona la policia urbana ha emprendido una campaña contra el incivismo de los dueños de perros, lo que además de evitar las deposiciones caninas exige tener todos los papeles para la posesión legal del animal. En Tarragona, han montado un servicio de detectives privados para que los propietarios de mascota sean delatados por no recoger las defecaciones de sus canes. En Cádiz, a finales de año se armó un buen revuelo por la proliferación de excrementos perrunos en diversas áreas como el Parque Europa.


Todo ello sin perjuicio que en muchas ciudades existan pipicanes. Pero, la solución es que cada dueño recoja los excrementos de sus perros. Tal como relatábamos al principio de esta nota esto exige tan sólo que cada dueño recoja alrededor de un máximo de 100 g de excrementos diarios de su mascota. Cualquier otra opción requiere de inversiones que pagan justos por pecadores. Por ejemplo, en Sevilla adquirireron seis equipos de recogida de excrementos caninos valorados en 110.000 euros. En otras ciudades han optado por colocar dispensadores de bolsas de plástico para facilitar la recogida de heces caninas. Los pipicanes, planteados como soluciones a medidados de los ochenta, en la práctica se convierten en un estercolero si no se aplican costosas medidas de mantenimiento. Lo último es el WC callejero para perros como el que se ha instalado en Madrid que no es otra cosa que un área donde los canes pueden depositar sus excrementos equipada con un mecanismo para que el dueño pueda desalojarlas al alcantarillado público.

Según un experto en el adiestramiento de perros, estos pueden ser acostumbrados a defecar siempre en un mismo lugar. Sin embargo, todos los expertos señalan que el problema sólo puede erradicarse con una punitiva educación de sus dueños.

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PRENDAS DE VESTIR


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El traje nuevo del Emperador

Hace muchos años vivía un Emperador que gastaba todas sus rentas en lucir siempre trajes nuevos. Tenía un traje para cada hora de día. La ciudad en que vivía el Emperador era muy movida y alegre. Todos los días llegaban tejedores de todas las partes del mundo para tejer los trajes más maravillosos para el Emperador.

Un día se presentaron dos bandidos que se hacían pasar por tejedores, asegurando tejer las telas más hermosas, con colores y dibujos originales. El Emperador quedó fascinado e inmediatamente entregó a los dos bandidos un buen adelanto en metálico para que se pusieran manos a la obra cuanto antes. Los ladrones montaron un telar y simularon que trabajaban. Y mientras tanto, se suministraban de las sedas más finas y del oro de mejor calidad.

Pero el Emperador, ansioso por ver las telas, envió el viejo y digno ministro a la sala ocupada por los dos supuestos tejedores. Al entrar en el cuarto, el ministro se llevó un buen susto “¡Dios nos ampare! ¡Pero si no veo nada!”. Pero no soltó palabra. Los dos bandidos le rogaron que se acercase y le preguntaron si no encontraba magníficos los colores y los dibujos. Le señalaban el telar vacío y el pobre hombre seguía con los ojos desencajados, sin ver nada. Pero los bandidos insistían: “¿No dices nada del tejido? El hombre, asustado, acabó por decir que le parecía todo muy bonito, maravilloso y que diría al Emperador que le había gustado todo. Y así lo hizo.

Los estafadores pidieron más dinero, más oro, y así lo hicieron. Poco después el Emperador envió otro ministro para inspeccionar el trabajo de los dos bandidos. Y le ocurrió lo mismo que al primero. Pero salió igual de convencido de que había algo, de que el trabajo era formidable. El Emperador quiso ver la maravilla con sus propios ojos. Seguido por su comitiva, se encaminó a la casa de los estafadores. Al entrar no vio nada. Los bandidos le preguntaron sobre el admirable trabajo y el Emperador pensó: “¡Como! Yo no veo nada. Eso es terrible. ¿Seré tonto o acaso no sirvo para emperador? Sería espantoso”. Con miedo de perder su cargo, el emperador dijo: - Oh, sí, es muy bonita. Me gusta mucho. La apruebo. Todos de su séquito le miraban y remiraban. Y no entendían al Emperador que no se cansaba de lanzar elogios a los trajes y a las telas. Y se propuso a estrenar los vestidos en la próxima procesión.

El Emperador condecoró a cada uno de los bribones y los nombró tejedores imperiales. Sin ver nada, el Emperador probó los trajes, delante del espejo. Los probó y los reprobó, sin ver nada de nada. Y todos exclamaban: “¡Qué bien le sienta! ¡Es un traje precioso!”. Fuera, la procesión lo esperaba. Y el Emperador salió y desfiló por las calles del pueblo sin llevar ningún traje. Nadie permitía que los demás se diesen cuenta de que nada veía, para no ser tenido por incapaz o por estúpido, hasta que exclamó de pronto un niño: - ¡Pero si no lleva nada! - ¡Dios bendito, escuchen la voz de la inocencia! Dijo su padre; y todo el mundo se fue repitiendo al oído lo que acababa de decir el pequeño. - ¡No lleva nada; es un chiquillo el que dice que no lleva nada! - ¡Pero si no lleva nada! – gritó, al fin, el pueblo entero.

Aquello inquietó al Emperador, pues sospechaba que el pueblo tenía razón; mas pensó: “Hay que aguantar hasta el fin”. Y siguió más altivo que antes; y los ayudas de cámara continuaron sosteniendo la inexistente cola.



FIN